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El huevo

La porosa superficie empezó a resquebrajarse: el huevo se estaba abriendo. La doctora Elizabeth Challenger recordaba como si fuera ayer el día en el habían encontrado el cadáver del pájaro. Cinco años atrás, ella y su equipo habían llegado a una pequeña y remota isla del Pacífico. Su viaje había sido financiado gracias a un proyecto que buscaba estudiar y catalogar la fauna de Micronesia. Cuando llegaron a la isla, Elizabeth se sorprendió al comprobar su estado. Poco tenía que ver aquel lugar, con sus plantaciones y su pequeña y destartalada ciudad, con el recóndito paraíso tropical que sugerían las fotografías e informes consultados. Los lugareños les contaron que el turismo había empezado a llegar también hasta aquel apartado rincón del mundo, y habían aplicado la lección darwiniana de adaptarse o morir. Más desolador para la científica fue descubrir que muchas de las ricas zonas selváticas de la isla, donde se suponía que debían llevar a cabo su trabajo, habían sido sustituidas...

La primera noche en el museo

Daban las diez de la noche. Pese a lo tarde que era, el museo había cerrado hace poco y los últimos trabajadores acababan de irse. La exposición sobre unas valiosísimas piedras preciosas encontradas por unos exploradores en el siglo XIX solo podría visitarse durante unos pocos días, y como resultado dicha exposición estaba siendo todo un éxito. Solo quedaban en el museo los dos vigilantes del turno de noche. - Escucha, novato. A veces, la primera noche en… “¿Novato? ¿En serio? ¿Yo?”, pensó el más joven de los dos. “Además, ¿quién habla así? “Novato”. Increíble… “. Centrado como estaba en su indignación, no se había dado cuenta de que el mayor seguía hablando y de que no le estaba escuchando. - Perdón, me he despistado. - Céntrate, coño, novato. ¿Quieres hacer caso? Te decía que, a veces, la primera noche en el museo puede asustar un poco. No me mires así, novato, te lo digo en serio. No sería la primera vez que pasa. Hay ruidos, hay sombras extrañas… Todo eso es no...

Todo es culpa de Rocío Dúrcal

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- ¡Hu-hi! ¡Hu-ha!... - Dios, otra vez no… - … yo tengo un diplodooocus que acabo de cazaaar. - ¿Qué coño es eso? - Una canción estúpida de la Dúrcal. - ¡Hu-hi! ¡¡Hu-Haaaaaaaaaaaaaaaaaaaa!! - ¡¡¡QUE TE CALLES YA, JODER!!! Durante unos segundos se hizo el silencio en el interior del coche. Todo el mundo parecía incómodo. - ¡Si te vienes conmigo te llevo a pasear! De un brusco volantazo, Marcos apartó el coche de la carretera y lo aparcó en la cuneta. A continuación se dio la vuelta hecho un basilisco. - ¿En serio, Alberto? ¡¿EN SERIO?! ¡Estamos atravesando unos bosques alemanes de la leche! ¡Y en vez de estar calladito y disfrutar del paisaje, te pones a dar el coñazo con tus memeces de dinosaurios, y a ponerme de los nervios mientras conduzco con la puñetera canción del diplodotus! ¡¡Estoy harto de esa canción!! - La canción del diplodocus. Di-plo-do-cus, no diplodotus. Diplodocus , del Jurásico superior de Norteamérica. Más de 30 metros de...

Benditas icnitas

Una vez más, Alonso fue a ver las huellas de piedra. Sus padres no necesitaban su ayuda aquel día, así que disponía de toda la mañana para hacer lo que le placiera.  Recordaba a la perfección el día en que las habían descubierto, dos años atrás. Nuño Núñez, un pastor de ovejas, había desaparecido con la mitad de su rebaño durante una terrible tormenta. Nuño era un hombre querido en todo el pueblo, amable, alegre y dado a pasar las noches en la posada, regalando anécdotas y bromas a sus vecinos. La noche de la tormenta no apareció por la posada, y tampoco la siguiente. Al tercer día algunas ovejas descarriadas de su rebaño llegaron al pueblo, empapadas y en un estado deplorable, pero de Nuño aún no se sabía nada. Los rumores empezaron a circular entre los más cotillas, y todo el mundo empezó a temerse lo peor. Una caída, un desprendimiento, un torrente o el ataque de unos bandidos eran las opciones con más adeptos. Y entonces, una semana después, cuando todo el mundo le dab...

Dinosaurios en la niebla

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Era una mañana desapacible. La débil luz del sol no era capaz de atravesar la espesa niebla que lo cubría todo y que ocultaba las maravillosas vistas del valle que se extendía más abajo. Un frío viento agitaba las ramas de los árboles. No se movía un alma… hasta que apareció el pequeño dinosaurio en el sendero. Avanzaba con pequeños pasos, balanceando la cabeza hacia delante y hacia detrás. Gracias a su plumaje se protegía de las bajas temperaturas, y buscaba atento en el suelo algo que comer: pequeños insectos, gusanos, semillas, frutos… No sabía que a través de la niebla dos pares de ojos le observaban: unos, curiosos; otros, hambrientos. Lanzó un reclamo y un segundo dinosaurio apareció al cabo de un rato. Empezaron a interactuar entre sí, levantando las colas, erizando el plumaje, gorjeando, desconocedores del peligro que los acechaba. El depredador, tan distinto a ellos, cubierto de pelo, se acercaba sigilosamente, con sus ojos amarillos fijos en ambas presas. ...

Llega con la niebla

Esta historia tiene lugar en un pequeño pueblo cada vez más despoblado, como tantos otros que sufren el mismo problema en nuestro país. Es una Nochebuena fría y desagradable, vestida con una espesa niebla que las farolas de la población tiñen de naranja. Pasada la medianoche, una silueta llega al pueblo por un negro camino. Primero anda junto al apartado cementerio, más pequeño, oscuro y triste que nunca. Las Navidades son solitarias para los muertos. A continuación, pasa al lado de la antigua iglesia románica, reformada unos años antes, cuando todavía parecía que había un futuro para el pueblo. Haces de luz salen por los ventanales, y desde dentro llegan villancicos cantados por los escasos ancianos que asisten a misa. El templo emana calidez, pero el visitante se siente ajeno a ella y es incapaz de sentirla. Lleno de desdicha, continúa su camino. Recorre el pueblo envuelto en niebla, pero sus pisadas no provocan ningún ruido sobre el suelo empedrado. Un par de perros callejero...